¡Hola!
Después de varios días vengo con ganas de escribir, así que… ¡¡preparaos para leer!!
Bueno, como todos sabemos, esta semana ha sido de vacaciones (al menos para los estudiantes). Y entre día de trabajo y día de vagancia, pues he salido en alguna procesión de mi ciudad. La verdad es que he de confesaros a todos que me gusta la Semana Santa. No sólo porque suele significar vacaciones y un alto necesario entre tanto trabajo estudiantil, sino porque en mi ciudad siempre se ha vivido con las tradicionales procesiones, etc, etc… que siempre me han gustado. No sé por qué, desde pequeña me gustaban los ”capuchones”, y siempre tuve curiosidad por salir en procesiones, y hasta que conseguí convencer a mis padres para que me dejaran apuntarme a una cofradía… Pero la verdad es que me sigue gustando: es interesante salir en procesión, el paso de nuestra Hermandad es francamente bonito, y la gente que hay en la Hermandad es muy simpática. Al fin y al cabo una hermandad no deja de ser una asociación, aunque con unas connotaciones ideológicas más particulares.
En definitiva, que me gusta la Semana Santa, lo que significa y el arte que en el fondo conservan tantas cofradías, que no deja de ser expresión cultural de una sociedad. También entiendo a aquellos que terminan hartos de ella, porque se cortan calles de tráfico y se interrumpe el ritmo cotidiano. Al fin y al cabo, si estamos en un país laico: ¿por qué siguen estos privilegios? Totalmente de acuerdo.
Siguiendo en esta misma línea: hoy, Domingo de Resurrección (o de Pascua), he visto parte de la misa retransmitida por La2 desde el Vaticano. Me he despertado tarde, me he puesto el desayuno frente a la televisión (los fines de semana, aunque los años infantiles me queden lejos, me encanta desayunar viendo alguna serie para mentes jóvenes -así me mantengo en forma, jeje-), y hoy he variado mi elección de series por la de una Santa Misa. Estaba interesante. El arreglo floral que habían hecho en la Plaza de San Pedro en Roma estaba muy bonito. Sin embargo, al ver al Papa, se me caía el mundo a los pies: parecía la figura de un faraón (en el momento de la misa que conecté). Alto, hierático, inexpresivo, distante… Con unos ropajes dignos de los emperadores chinos de la dinastía Ming en la Ciudad Prohibida… Así, me pasa como les pasa a otros tantos católicos: queremos creer (WE WANT TO BELIEVE, como Mulder el de Expediente X, sólo que no en los marcianitos), pero nos da vergüenza esa opulencia hipócrita de la Iglesia.
Comentándoselo a mi madre, ella me dijo: “Sí, pero ¿qué figura de autoridad representa el Papa si sale vestido con pantalones vaqueros?” A ver: que no se me malinterprete. No digo que salga en sudadera y chándal de Carrefour. Digo que si saliera sólo con una sotana blanca daría una imagen muy distinta. De Papa, pero mucho más accesible al pueblo cristiano. Pero bueno, hasta que todo eso cambie… pasarán al menos, calculo yo, 40 años, porque antes han de rotar los Cardenales. Y para que roten los cardenales han de venir cardenales que hoy son jóvenes de mi edad, que han crecido en otra sociedad, han conocido otros tiempos… Por favor, si algún seminarista (todavía no digo alguna mujer, porque para eso, vistos los ritmos lentos de la Iglesia, hasta que una mujer llegue a Papisa quedan al menos 100 años) está leyendo esto y en algún momento llega a Cardenal, que se acuerde de que la opinión de una cristiana es que la Iglesia debe modernizarse. No modernizarse a lo progre, sino modernizarse a un estilo más neutro, más cercano, menos hipócrita, no-machista.
Quiero incidir sobre este último consejo: no-machista. Como he dicho unas líneas más arriba, hasta que una mujer llegue a Papisa quedarán al menos 100 años. Al menos, pero no me atrevo a aventurar nada. Visto que han pasado 20 veces 100 años y la cosa sigue igual, bien pueden pasar otras 20 veces 100 años (sobre todo si seguimos con la panda de Cardenales que se veía en la tele). No lo entiendo: el Papa ha hablado y ha dado sus bendiciones e indulgencias plenarias en la misa a “hombres y mujeres”, varias veces. Ha pedido a Dios por hombres y mujeres varias veces. Ha dicho que hombres y mujeres se esfuerzan por igual por ayudar al mundo. Entonces ¿por qué no había en la zona del altar más mujeres que aquellas que subían a pronunciar las peticiones o a hacer las ofrendas? Sólo veía hombres. Hasta los fotógrafos que estaban en la zona “acotada” del altar eran hombres. Cuidado, no vaya a ser que vaya una mujer fotógrafa y levante pasiones… en cuyo caso sería culpa suya, por supuesto, porque si tú a los Cardenales les dejas entre ellos, ahí no pasa nada… Aún en el siglo XXI sigue esa concepción de que si las mujeres que no sean monjas acceden al Vaticano pondrán las tentaciones de Satanás delante de los ojos de Obispos y Cardenales, y la culpa será de ellas (obviamente). Pues que hagan una cosa: que acepten mujeres, y que escojan mejor a sus Cardenales, para que “no se les vayan tanto los ojos”. Es que parece que tenemos la culpa las mujeres por el simple hecho de serlo, o de existir. Parece que ya con sólo nuestra existencia somos objeto de pecado, motivo de pecado. Como dice Jesús en el Evangelio: ¿no tienen más culpa los que las miran con deseo?:
“Yo os digo que todo el que mira con malos deseos a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Por tanto si tu ojo derecho es ocasión de pecado para ti, arráncatelo y arrójalo lejos de ti; que te conviene más perder uno de tus miembros que ser echado todo entero al fuego eterno” (Mt 5, 28-30).
Eso del ojo derecho es un poco “gore”, lo reconozco, pero sin embargo, un tanto metafórico: ¿por qué no El Vaticano puede echar a sus “ojitos derechos”, que seguro que no son todos tan “yo-no-rompo-platos” como quieren aparentar? Pero bueno, ya sabemos que salvo el anglicanismo y algunas ramas protestantes, el resto de ramas cristianas han heredado las posturas misóginas de San Pablo y ciertamente dignas del Antiguo Testamento, de cuando por ejemplo las mujeres durante la regla no podían tocar nada, porque eran impuras, y si un hombre tocaba algo que ella había tocado, quedaba impuro también y debía hacerse las abluciones correspondientes dispuestas en el Levítico. Si Jesús dice lo contrario, no sé por qué la Iglesia actúa así.
Sin embargo no pretendo con esto hacer daño a ningún creyente. Sencillamente es una crítica, dura, pero a la altura de las circunstancias (creo yo que en el siglo XXI está más que justificado, y antes también lo debería haber estado, aunque nos fuera imposible). Como en cierta ocasión me dijo un amigo seminarista, las críticas que muchos cristianos hacemos a la Iglesia Católica las hacemos porque en el fondo la queremos, y porque queremos verla bien. Algo así como cuando Miguel de Unamuno criticaba a España. Me puso el siguiente ejemplo: “Seguro que entre tu hermana y tú os criticáis mutuamente, porque en ciertas cosas os gustaría veros mejor, pero os criticáis con cariño. Si en algún momento aparece alguien y critica a tu hermana, ¿no sales en defensa de ella? ¡Con uñas y dientes! Porque no te gusta que otros la critiquen, puesto que la critican desde fuera, con saña, y tú la criticas desde dentro, desde tu cariño”.
Más o menos lo mismo creo que nos ocurre a muchos y muchos cristianos. Queremos creer, pero hay ciertas cosas que van contra la dignidad humana, como el excluir a las mujeres del sacerdocio. Y esto lo digo a sabiendas de que el cristianismo es la religión monoteísta más igualitaria que hay, y la primera que deja a las mujeres acceder a cuerpos religiosos. Pero es absurdo que (y con esto no quiero que se me malinterprete), a medida que los misioneros iban evangelizando pueblos en toda la Tierra, hombres de diferentes razas hayan podido ir accediendo al sacerdocio y las mujeres no. Como si fuéramos un “algo” que no es digno de acceder a ello. Nuestra participación activa en el catolicismo se limita a la vida de monja (sí, digo “se limita”) y las labores educativas, de caridad o de ayuda que tenga asignada su orden (tampoco quiero con esto menospreciar su labor. ¡Menos mal que muchas veces están ahí!). Pero nunca de predicación. ¿Por qué? ¡Si ya hemos visto que hay mujeres sacerdotes anglicanas y luteranas! (Y se nos da igual de bien).
Volviendo al inicio de mi post: antesdeayer leía un artículo en un periódico nacional: por lo visto, en algunas cofradías de Zamora aún no se admiten a las mujeres. Me enteré (no lo sabía, aunque no sé cómo nunca me lo había planteado) de que las mujeres en la Semana Santa no fueron admitidas como cofrades hasta 1983. Hasta entonces sólo podían tomar partido si iban como lo que se llama sofisticadamente “hermanas de devoción”, o más popularmente conocidas como “Manolas” (sí, las de la mantilla española y peineta, con el rosario y unos tacones comodísimos para salir en procesión -su penitencia particular-). Pues bien, en Zamora algunas cofradías aún no dejan entrar a mujeres, a pesar de que ellas lo han pedido en repetidas ocasiones. Para un pregón que se hacía el Miércoles Santo, creo, la cofradía pidió que la alcaldesa de Zamora, Rosa Valdeón hiciera el discurso. Ella lo hizo reivindicativo, delante de sus propias narices, a pesar de que estuvo a punto de no hacerlo, al saber que un año más la cofradía había rechazado la petición de las mujeres de formar parte. ¡Olé y olé!
PD: Si alguien está interesado en leer la noticia entera, que mire: http://www.elmundo.es/elmundo/2009/04/08/castillayleon/1239219060.html